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Colegio Centro America

1440817188_GuillermoCortesDCOLUMNISTASbnEn la empresa Editarte éramos socios con el investigador Roberto Cajina Leiva, lo cual nos relacionó casi todos los días, en algunos de los cuales lo acompañaba a llevar o a traer a sus dos hijos al Colegio Centroamérica (CCA).

Entonces deseaba haber estudiado ahí y que también hubieran estudiado mis hijos mayores, porque todo era tan acogedor, lleno de árboles y flores e instalaciones deportivas y un sólido prestigio de excelente enseñanza.

Fue este antecedente el que probablemente nos llevó a mi esposa Carolina y a mí, a matricular a nuestra hija en primer grado del CCA, después que finalizó su preescolar en el magnífico Kiddy Stop. Entonces a diario llevaba y traía a mi hija del colegio.

Es inolvidable, en primer grado, el maravilloso recorrido por el colegio que hicieron niñas y niños con sus caritas y ojitos radiantes coreando “ya podemos leer” y los muchachos y muchachas de los demás grados de primaria y secundaria, haciéndoles valla, y bulla, celebrándolos. ¡Qué emoción! Tengo que decirlo ahora que nos aproximamos al centenario del Centroamérica.

Pero con el pasar de los años, el rigor del Colegio se hacía sentir cada vez con mayor fuerza. Estando mi hija menor en primer año, Carolina y yo reflexionamos sobre tanta exigencia académica y la fuerte presión que esto implicaba para nuestra pequeña. Producto de ello, no pocas veces pensamos que lo mejor sería cambiar de Colegio, porque no tenía sentido someterla a tanto apremio. Era un dilema.

A un grupo de madres y padres de familia nos azotaban sentimientos encontrados: queríamos que nuestros hijos e hijas se graduaran en un colegio de alta calidad educativa y de principios y valores, pero al mismo tiempo mirábamos (sentíamos), consternados, cómo la exigencia del colegio los afectaba, los preocupaba, los afligía, lo que nos hacía sentir culpables. Por eso comprendo que algunas madres y padres de familia hayan sacado a sus hijos o hijas del CCA.

Tercero y cuarto año fueron durísimos, sobre todo cuarto, que hizo crecer a nuestra hija hasta una estatura que ella misma no se conocía, y logró vencer con cierta holgura lo que para muchos es “El Paso de las Termópilas” de secundaria. En comparación, quinto año fue un paseo.

Ella perdió segundo año porque dejó una clase. ¡Qué sistema educativo tan cruel!, pensé, porque, ¡y las demás materias que sí aprobó! ¿Dónde quedaron? Y la matriculamos en otro centro donde estuvo feliz porque había mayor flexibilidad en la enseñanza. Sin embargo, decidió regresar a su viejo colegio. Y volvió. Y triunfó. Cómo nos henchimos de emoción el día de la graduación, el momento supremo en que el sencillo, carismático y activo nuevo rector, le entregó su diploma. ¡Cuánto sacrificio costó ese diploma!

No puedo olvidar que una profesora de quinto o sexto grado le hizo la guerra a mi muchachita. Le molestaba que ella leyera tanto y sobre todo, que escribiera muy bien, que analizara su contexto y dijera con valentía lo que pensaba. Y nos sentimos agradecidos con maestras como Silvia, que apreciaba su buena escritura, y la alentaba a que continuara escribiendo, y por supuesto, a leer, leer y leer, una adicción de nuestra hija aprendida en el CCA, donde en cada curso, hay que leer unos quince diez libros.

En este centenario del CCA, evoco con cierta sorpresa, admiración y respeto, a aquellos misioneros jesuitas que durante la conquista y colonización española vinieron a América y que mientras en Europa perseguían ferozmente a los dueños de imprenta, en Paraguay ellos alentaron a los indígenas a construirlas artesanalmente, para producir libros en su propia lengua. Otros ofrecieron la espada y el exterminio; ellos enseñaron a hacer libros.


Ver contenido original de esta noticia en: http://www.laprensa.com.ni/2015/08/29/opinion/1892233-eel-rigor-de-la-ensenanza-en-el-cca

1440817188_GuillermoCortesDCOLUMNISTASbnEn la empresa Editarte éramos socios con el investigador Roberto Cajina Leiva, lo cual nos relacionó casi todos los días, en algunos de los cuales lo acompañaba a llevar o a traer a sus dos hijos al Colegio Centroamérica (CCA).

Entonces deseaba haber estudiado ahí y que también hubieran estudiado mis hijos mayores, porque todo era tan acogedor, lleno de árboles y flores e instalaciones deportivas y un sólido prestigio de excelente enseñanza.

Fue este antecedente el que probablemente nos llevó a mi esposa Carolina y a mí, a matricular a nuestra hija en primer grado del CCA, después que finalizó su preescolar en el magnífico Kiddy Stop. Entonces a diario llevaba y traía a mi hija del colegio.

Es inolvidable, en primer grado, el maravilloso recorrido por el colegio que hicieron niñas y niños con sus caritas y ojitos radiantes coreando “ya podemos leer” y los muchachos y muchachas de los demás grados de primaria y secundaria, haciéndoles valla, y bulla, celebrándolos. ¡Qué emoción! Tengo que decirlo ahora que nos aproximamos al centenario del Centroamérica.

Pero con el pasar de los años, el rigor del Colegio se hacía sentir cada vez con mayor fuerza. Estando mi hija menor en primer año, Carolina y yo reflexionamos sobre tanta exigencia académica y la fuerte presión que esto implicaba para nuestra pequeña. Producto de ello, no pocas veces pensamos que lo mejor sería cambiar de Colegio, porque no tenía sentido someterla a tanto apremio. Era un dilema.

A un grupo de madres y padres de familia nos azotaban sentimientos encontrados: queríamos que nuestros hijos e hijas se graduaran en un colegio de alta calidad educativa y de principios y valores, pero al mismo tiempo mirábamos (sentíamos), consternados, cómo la exigencia del colegio los afectaba, los preocupaba, los afligía, lo que nos hacía sentir culpables. Por eso comprendo que algunas madres y padres de familia hayan sacado a sus hijos o hijas del CCA.

Tercero y cuarto año fueron durísimos, sobre todo cuarto, que hizo crecer a nuestra hija hasta una estatura que ella misma no se conocía, y logró vencer con cierta holgura lo que para muchos es “El Paso de las Termópilas” de secundaria. En comparación, quinto año fue un paseo.

Ella perdió segundo año porque dejó una clase. ¡Qué sistema educativo tan cruel!, pensé, porque, ¡y las demás materias que sí aprobó! ¿Dónde quedaron? Y la matriculamos en otro centro donde estuvo feliz porque había mayor flexibilidad en la enseñanza. Sin embargo, decidió regresar a su viejo colegio. Y volvió. Y triunfó. Cómo nos henchimos de emoción el día de la graduación, el momento supremo en que el sencillo, carismático y activo nuevo rector, le entregó su diploma. ¡Cuánto sacrificio costó ese diploma!

No puedo olvidar que una profesora de quinto o sexto grado le hizo la guerra a mi muchachita. Le molestaba que ella leyera tanto y sobre todo, que escribiera muy bien, que analizara su contexto y dijera con valentía lo que pensaba. Y nos sentimos agradecidos con maestras como Silvia, que apreciaba su buena escritura, y la alentaba a que continuara escribiendo, y por supuesto, a leer, leer y leer, una adicción de nuestra hija aprendida en el CCA, donde en cada curso, hay que leer unos quince diez libros.

En este centenario del CCA, evoco con cierta sorpresa, admiración y respeto, a aquellos misioneros jesuitas que durante la conquista y colonización española vinieron a América y que mientras en Europa perseguían ferozmente a los dueños de imprenta, en Paraguay ellos alentaron a los indígenas a construirlas artesanalmente, para producir libros en su propia lengua. Otros ofrecieron la espada y el exterminio; ellos enseñaron a hacer libros.


Ver contenido original de esta noticia en: http://www.laprensa.com.ni/2015/08/29/opinion/1892233-eel-rigor-de-la-ensenanza-en-el-cca

Celeste-CortesNunca voy a olvidar lo diminuta que me sentí cuando pisé por primera vez el Colegio Centroamérica (CCA) —microscópica entre sus extensos y boscosos campos, entre sus incontables escalones y edificaciones, entre sus miembros de todas las edades que sin parar transitan el lugar—.

Me acostumbré, junto a los otros, y otras, al ritmo de apresurado paso, rubricado por un cronograma mensual lleno de actividades de distintas índoles (académicas, religiosas, deportivas, ecológicas, culturales), que nos mantenían entretenidos y ocupados la mayor parte del tiempo.

Nos enseñaron a celebrar, a celebrarlo todo: desde el día del agua, hasta los primeros viernes de cada mes —nos permitían cambiar nuestros aburridos uniformes por ropas coloridas—, a celebrar a los seres preciados, y a celebrarnos a nosotros mismos, desde la inolvidable caminata ‘Ya sabemos leer’ en primer grado junto con los padres y profesores, hasta ‘La corrida’ de despedida en undécimo exclusiva para la promoción y su creatividad.

Pese a los constantes eventos recreativos, la exigencia académica se mantiene elevada y muy seria, amenazando con aflojar a cualquier despreocupado. Las tareas y trabajos sobresalían por sus ánimos de hacernos pensar hasta botar el pelo.

Creo que el comportamiento colectivo eufórico y apasionado propio de los estudiantes de último año se debe a un fuerte sentimiento de liberación tras tanto esfuerzo. Ahora que ya no estudio en el CCA, valoro más el espíritu ecológico-ambientalista que con vehemencia nos inculcaron, y del cual carece tanto Nicaragua; extraño el verdor, la sombra. Incluso las horas de trabajo en los viveros.

Entre los recuerdos más bonitos de mi infancia, está el hermanito Meabe —una de las personas más queridas que en el corazón del colegio queda—, quien se tomaba en serio mis dilemas pueriles, y me aconsejaba con apego.

En medio de mi agnosticismo, le guardo un cariño especial a la espiritualidad jesuita por su gran reflexividad, introspección, y sobre todo, por el servicio a los demás: uno de los pilares del programa educativo que trasciende las palabras, poniendo manos a la obra a los miembros, y así dándole un verdadero sentido a la icónica frase ‘En todo amar y servir’ de San Ignacio de Loyola.

Las clases de formación cristiana eran ricas en historia y filosofía, los trabajos consistían en análisis rigurosos de nosotros mismos y nuestro entorno; las misas tenían su toque creativo, y las pastorales sociales lograban transformar la perspectiva de cualquiera con experiencias cargadas de una aguda intensidad emocional.

Me parece que los integrantes del personal del CCA son excepcionalmente amables; llevo conmigo sus sonrisas y saludos atentos siempre, así como aprendizajes invaluables de profesores igualmente invaluables.

Puedo decir que me gradué contenta, agradecida y orgullosa de este colegio que, desde el primer día de clases, hace doce años, me intimidó con su geografía y dinamismo, y de inmediato me enseñó que con el tiempo los retos solo aumentan su dificultad o cambian su naturaleza. Hasta el último día nunca dejó de desafiarme. Justo lo que necesitaba para ser la caminante que hoy soy.

Ver contenido original de esta noticia en: http://www.laprensa.com.ni/2015/08/31/opinion/1892988-caminante-no-hay-camino-2

El pasado jueves 20 de agosto una grupo de estudiantes de secundaria participó orgullosamente en la IX Olimpiada Matemáticas Ignaciana.  La olimpiada es un intercambio de tipo académico entre los alumnos de los colegios Jesuitas de Centroamérica, que surgió como una iniciativa del Padre Aníbal Meza S.J.

En esta actividad además del intercambio entre nuestros alumnos se pretende promover el pensamiento creativo, ingenioso y la reflexión profunda, a través de problemas matemáticos que requieran más que la aplicación mecánica de algoritmos.

Nuestros estudiantes de séptimo a undécimo han venido todos los años participando en este evento obteniendo muchas medallas.  

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Amy Poehler, en un discurso en la Universidad de Harvard en 2011, afirmó: “Busca un grupo de gente que te rete e inspire, pasa mucho tiempo con ellos y cambiará tu vida. Nadie está aquí hoy por haberlo hecho por sí solo”.

Se trata de una invitación a valorar la presencia y el apoyo de otras personas en nuestra vida: Nuestros amigos, los compañeros de estudio, los que están presente y los que nos acompañan con su cercanía espiritual…, todos aquellos que son una ayuda para salir adelante.

Hoy damos inicio a la Celebración de los 99 años de nuestro querido colegio Centro América y nos preparamos para cantarle ¡Feliz cumpleaños!

Cumplir años implica cantidades de emociones y recuerdos que se han almacenado en el corazón y en la mente a través de los años; tiene que ver con quererse, con celebrar el haber nacido, con brindar por estar vivo. Es meditar sobre lo que aprendimos, es alegría, recuerdos y vida…

Como sabemos, en 1916 nace el Colegio Centroamérica en Granada, Nicaragua. En 1967 se traslada a Managua. 17 años después, el colegio opta por la co-educación, permitiendo que niñas y adolescentes ingresaran en la institución.

Es por ello que estos días queremos traer a la memoria la visión inicial de los jesuitas de fundar una institución desde Dios, con el propósito fundamental de ayudar a formar “hombres y mujeres  para  y con los demás, en el contexto de un humanismo cristiano”. 

Como un gesto simbólico, estudiantes y padres de familia elevarán globos dando inicio a la semana de conmemoración de los 99 años de nuestro querido Colegio Centroamérica.

Dios nos acompañe a lo largo de esta festividad y nos bendiga.  ¡Salud, Colegio Centro América!

 
Atentamente,
P. Domingo Cuesta Cañate

 

 

Estimados PPMMFF el 27 de agosto se realizará la III Escuela de PPMMFF donde se expondrán los resultados de la Investigación Cultura Juvenil.

 

El objetivo fue profundizar en el conocimiento sobre los estilos de vida que tienen nuestros adolescentes del Colegio Centro América, con el propósito de favorecer prácticas educativas y estilos de vida más saludables en todos sus ambientes en los que se ve involucrada la familia, amigos, noviazgo, cultura y escuela.

 

La actividad se llevará a cabo en el Salón Azul a las 7:00 a.m.  Esperamos contar con su presencia y puntualidad.

 

Atentamente,
P. Domingo Cuesta Cañate

Estimados Padres de Familia reciban un cordial saludo.

Por motivos de suspensión escolar el Colegio ha diseñado guías de reforzamiento matemático que los estudiantes deberán de trabajar en casa.  La elaboración de las guías será en  el cuaderno de matemáticas y presentadas el día lunes a su respectivo docente.

Aclaramos que las guías de reforzamiento no tienen calificación, son diseñadas para evitar desfases en el avance programático.  

Saludos cordiales a todos.

 

Primer grado    Segundo grado    Tercer grado    Cuarto grado    Quinto grado    Sexto grado

7º grado    8º grado    9º grado    10º grado    11º grado



 

 

Estimados PPMMFF por mandato presidencial se reanudan las clases hasta el día lunes 03 de agosto, les solicitamos estar pendientes de nuestro Fb y sitio web para cualquier información.

 

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Formar “hombres y mujeres para y con los demás