Bueno, te diré que no es fácil dar una respuesta rápida y sencilla, y que le sirva a todo el mundo… La vocación, como la fe, la amistad y el amor, es asunto de generosidad y riesgo. Amar es arriesgarse, es confiar la propia persona en manos de otra persona. La amistad y el amor no exigen garantías previas ni seguridades absolutas. El que ama no dice: “Seré tu amigo o te querré cuando esté absolutamente seguro de ti”. La seguridad en otra persona viene después de la entrega, no antes. La vocación es iniciativa de Dios, no nuestra. Dios es el que llama . Tenemos que esperar la invitación y saber reconocerla cuando se dirija a nosotros. Dios respeta la libertad de la persona. Su invitación no es una orden tajante o una exigencia inaplazable. Es más bien del tono de un encuentro casual, de una insinuación, de una suave brisa que no violenta ni fuerza. “Si quieres…”

Pero, ¿cómo es eso de la experiencia de Dios…?

Bien, creo que es más fácil empezar a explicarte la experiencia de Dios diciéndote lo que no es: No es el resultado de una deducción lógica o de una demostración matemática, no es la ausencia de inclinación o atracción al matrimonio, no es un puro sentimiento, no es una idea que se tiene. Experimentar a Dios que llama es ser capaz de oír el lenguaje con el que Dios se dirige a lo más profundo de mi persona.

Y…¿en qué consiste ese lenguaje de Dios?

¿Cómo te explico esto….? Dios “habla” a través de mis aspiraciones y deseos más profundos, más míos. Mis sentimientos, mis experiencias positivas y negativas de la vida, de sus oportunidades y retos.

Creo que es importante evitar ideas fantásticas o espectaculares sobre cómo Dios habla. Hay personas que esperan que Dios les comunique la vocación a la vida religiosa a través de visiones, apariciones, etc. Otras piensan que la persona llamada a la vida religiosa tiene que haber sido un poco “rara” desde pequeña; que no le gustaba jugar, ni tratar con muchachas, ni divertirse…

Cada persona “oye” a su manera el lenguaje de Dios…

  Puede ser a través de la realidad, en la acumulación de pequeñas luces a lo largo del camino. O por medio de una iluminación profunda, de una seguridad interior inquebrantable. Como lo experimentó San Pablo en el camino de Damasco al que no le quedó otra alternativa más que rendirse: “ Señor, ¿qué quiere que haga ?”

¿Basta con estar atentos? No, además se requieren algunas cualidades humanas para ser jesuita:  

  • Ser una persona normal : capaz de amar, de reír y de llorar, de arriesgarse y de sentir miedo del riego. Más concretamente, el jesuita debe ser un hombre enamorado de Jesús, de fe profunda y suficientemente formada, capaz de un compromiso serio con la realidad. Pues la llamada al seguimiento de Jesús se realiza en el mundo, entre hombres y mujeres, en medio de las estructuras religiosas, socio-políticas, culturales, económicas, etc.
  • Con suficiente madurez afectiva y social : capaz de establecer relaciones profundas de amistad, capaz de tolerar frustraciones, de respetar la complejidad de la vida y de las personas, capaz de trabajar en colaboración con otros.
  • De una capacidad intelectual suficiente para desempeñar la difícil misión de la Compañía de Jesús, y para asimilar la larga preparación que esa misión exige.
  • Con actitud para discernir . Para aprender a elegir lo que debe hacerse. Con capacidad para pesar razones, escucharse a uno mismo y a los demás, escuchar a Dios en la oración, analizar, reflexionar. Capacidad para detectar los ecos –afectivos y religiosos- que tiene la voluntad de Dios en mi persona.